Todo mapa es una muestra inexorable de experiencias. Pero no todos los mapas demarcan un camino: algunos solo señalan un punto en donde te perdiste, otros el sitio exacto al cual volviste.
A veces son sitios que te imaginaste, a los que te gustaría haber llegado, e incluso otras veces son mapas de aquellas personas que no has olvidado y que sin embargo siguen pasando por tu mente.
Hay mapas que se trazan con la memoria de alguien que ya no está, pero cuya presencia dejó marcas más profundas que cualquier camino de tierra.
No todo mapa tiene siquiera líneas claras ni un destino final: muchas veces son trozos de intuición:
un "aquí fui feliz",
un "aquí conocí a esa persona",
o incluso un "aquí no volvería".
Sin embargo, a veces lo que llamó la atención al cartógrafo pudo no haber sido algo físico, y es cuando los mapas pasan a convertirse en esbozos de aquello que se pudo sentir en ese lugar.
Un olor que te devolvió a un verano que creías olvidado. Una canción que sonaba en una esquina que ya no existe. El peso exacto de una mano sobre tu hombro en el momento justo.
Hay mapas de todas las formas y sabores,
pero todo mapa demarca una historia
real o imaginaria
de aquello que recordamos o queremos pensar.
Y quizás eso es lo más hermoso de la cartografía personal: que no necesita ser precisa. No necesita escala ni leyenda. Solo necesita ser honesta.
Porque al final, el mapa más importante que vas a trazar es el que llevas adentro: ese registro desordenado y precioso de todo lo que te ha hecho ser quien eres.