El bosque me enseñó a estar

Hay algo en el bosque que desarma, tal vez es el silencio lleno de vida o como todo sucede sin ser visto.

Me enseñó que no hace falta producir o ser eficiente todo el tiempo, ni tener un propósito claro.

Me enseñó que la espera es un gesto poderoso y generoso.

Que los ciclos no se apuran, la transformación lleva su tiempo y que hay belleza en la descomposición; en lo que ya no es.

La tierra me enseñó a confiar

La tierra me enseñó que puedo confiar en mis pies, y que cuando piso hojas secas recuerdo lo que algún día fue verde.

Que las raíces no se ven, pero son quienes sostienen.

Los hongos me enseñaron a conectar

Los hongos me enseñaron que lo importante no es brillar, si no que conectar.

Y aprendí a estar; sin exigencia ni línea recta.

El viento me enseñó a soltar

El viento me enseñó que no puedo controlar todo, que hay cosas que simplemente pasan.

Que el movimiento puede ser suave, que no hace falta empujar para avanzar.

Me enseñó a bailar sin música, a correr sin rumbo y aceptar que no hay que saberlo todo.

Que hay cosas que se van y no por eso dejan de ser importantes.

Me mostró que lo invisible también transforma, que hay caricias que no se ven.