Los músculos saben
Cada vez que levantamos algo pesado, las fibras se desgarran. Literalmente se rompen. Y duele.
Pero el cuerpo no se rinde: reconstruye cada fibra más fuerte que antes. No a pesar del daño, sino gracias a él.
El dolor no es el enemigo. El dolor es la señal de que algo nuevo está naciendo.
La vida lo sabe hace millones de años
La evolución no es un camino recto. Es una sucesión interminable de errores, mutaciones y fracasos que, de vez en cuando, encuentran algo mejor.
La vida muere para evolucionar. Cada especie que se extinguió le hizo espacio a otra que no existÃa. Cada célula que falla, abre camino a una que funciona distinto.
No hay evolución sin destrucción. No hay mariposa sin oruga que deja de existir.
No somos estáticos
A veces nos miramos al espejo y pensamos que lo que vemos es lo que somos. Fijo. Permanente.
Pero no lo somos. Cada siete años, casi todas las células de tu cuerpo han sido reemplazadas. Literalmente no eres la misma persona que eras.
Y está bien. Porque lo que no se mueve, se estanca. Y lo que se estanca, muere.
Un rÃo que deja de fluir se convierte en pantano.
Un músculo que deja de moverse se atrofia.
Una persona que deja de cambiar deja de vivir.
El cambio está en uno
Nadie va a venir a romperte para que crezcas. Eso es cosa tuya.
A veces es soltar una creencia que ya no sirve. A veces es dejar ir a alguien. A veces es admitir que lo que construiste ya no te representa.
Y cuesta. Cuesta mucho. Porque romper algo propio se siente como perder. Pero no lo es.
Es hacer espacio.
Construir algo es un acto de fe. Pero mejorarlo requiere el coraje de romperlo primero.
No se trata de la perfección, se trata de no quedarse quieto.
Porque al final, lo más valiente no es construir algo perfecto. Es tener el coraje de mirarlo, romperlo, y volver a empezar.
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